Cómo aplicar los castigos a los niños

Pena que se impone a quien ha cometido un delito o una falta. Esta es la definición que hace la Real Academia de la Lengua del castigo, demasiado dura para aplicarlo a los niños. En cambio, en una acepción más antigua, también define el castigo como ejemplo, advertencia, enseñanza. En este caso sí estaríamos hablando de algo más acorde a lo que debe ser el castigo aplicado a los niños.


El castigo: la última opción


Antes de todo hemos de partir de la base de que el castigo, debe ser nuestra última opción, de hecho es posible educar sin castigar, aunque es una tarea que requiere de una gran comprensión y paciencia lo que en muchas ocasiones nos suele fallar a los padres.

Pensemos un momento, ¿porqué castigamos a nuestros hijos? ¿Es porque realmente han hecho algo mal o porque no están haciendo las cosas como nosotros queremos que las hagan? Muchas veces solo hay que pararse a pensar si realmente su acción o actitud merece un castigo o simplemente algo más de atención.

Parémonos a reflexionar sobre los niños pequeños.

Si queremos que nuestro hijo de dos años deje de dar golpes con la cuchara ¿la solución es gritarle, retirarle el plato, dejarlo sin postre o mandarlo a su cuarto? o ¿nos evitaríamos disgustos quitándole la cuchara y diciéndole firmemente que eso no se hace? Es algo que hay que trabajar desde que son bebés. Los niños son altamente receptivos a nuestras expresiones y actitudes, antes incluso que a lo que verbalizamos. Si siempre le hablamos con cariño y le prestamos atención notará inmediatamente que no ha hecho algo bien cuando cambie nuestro tono y por tanto evitará repetirlo. No olvidemos que nuestros hijos, especialmente cuando son pequeños, solo quieren estar con nosotros y agradarnos.

Según van creciendo aumenta su nivel de comprensión y son más conscientes de que han hecho algo mal. De todas formas debemos seguir alerta y no porque ahora sea mayor pensemos que el castigo es la solución, precisamente ahora que son mayores son mucho más capaces de razonar y entender las situaciones mediante el diálogo. Otro ejemplo, nuestro hijo se ha ido al colegio muerto de sueño, no ha sabido responder la pregunta de la profesora, en el recreo le han metido cinco goles, la comida del comedor no le gustaba y además por la tarde un compañero le ha estropeado la tarea. Llega a casa y se tira al sofá sin ganas de nada. Nosotros también llegamos hastiados del día, no hay beso ni sonrisa, solo un niño delante de la tele ¿qué es mejor, reñirle porque está ahí tirado, mandarle a hacer los deberes y cuando, lógicamente se rebele, castigarle? ¿No sería mejor sentarnos a su lado y comentar el horrible día que hemos tenido?


El castigo como enseñanza


Pese a todo es fácil hablar y difícil ponerlo en práctica por lo que hay veces que el castigo se hace inevitable. Lo que hay que tener muy claro es que siempre, siempre, el niño debe saber por qué es castigado, qué ha hecho mal y qué debe hacer en su lugar. No tiene sentido castigar a un niño sin que este sepa porqué.

El castigo debe tener un motivo comprensible para el niño y debe estar ajustado a su nivel, no sirve de nada mandar a un niño de 2 años “a pensar” a un rincón. Cuando hablamos de niños más mayores podemos castigarlos quitándole su juego favorito o sin hacer aquella actividad que les gusta, pero siempre sería como recurso final y dejando claro los motivos.

Por supuesto las conductas agresivas y los gritos estarían descartados, hasta con el más simple cachete solo conseguimos que aprendan un modelo de conducta violenta que después reproducirán.

Finalmente sin nos decidimos por castigar no se debe levantar el mismo, si optamos por este modelo debemos mantenerlo por mucho que cueste ya que si no pierde todo su sentido.