Poliomielitis en los bebés

La poliomielitis – que se conoce normalmente como polio – es una enfermedad de origen vírico que, hasta hace unas décadas, tuvo una gran incidencia en todo el mundo, causando tanto muerte como parálisis en millones de niños.

La polio afecta sobretodo a niños y bebés, aunque puede llegar en algunas ocasiones a atacar a personas mayores.

Consiste en un virus que se transmite de las heces al agua que bebe otra persona, y por la respiración. Por lo tanto, uno de los principales motivos para su aparición es la falta de higiene.

Cuando la polio entra en un organismo, ataca su sistema nervioso, el principal responsable de la movilidad de las personas. Ésta es la razón por la que sus efectos son tan sumamente devastadores para quien la padece. De hecho, dependiendo de su nivel de afectación, puede provocar desde una meningitis, a una parálisis parcial o total o, incluso, paralizar los músculos necesarios para respirar y las otras funciones vitales, llegando a provocar la muerte.

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El tratamiento de la polio


Como todas las enfermedades de origen vírico de las que estamos hablando es esta web, la polio no tiene un tratamiento médico adecuado, que permita curar la enfermedad.

Lo único que pueden hacer los médicos por un paciente con polio es conseguir que esté lo más cómodo posible. Es decir, esencialmente aliviando su dolor con analgésicos y compresas calientes. En algunos casos, se hace necesario darle oxígeno, o colocarlo en un respirador artificial.

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Después del brote de la polio


Una vez que el virus de la polio ha dejado de tener actividad, las células nerviosas del niño que ha padecido la enfermedad intentarán asumir de nuevo sus funciones, buscando nueva conexiones neuronales.

En algunos casos, esto es posible, y el niño puede recuperarse, al menos en parte, si bien en la mayoría de los casos no totalmente.

En el caso de que esta recuperación no sea posible, el niño afectado de polio acabará padeciendo una parálisis, total o parcial, pero siempre permanente. A ellos se les enseña a llevar una vida lo máximo de activa posible, y a sacar el mayor partido a los músculos que aun funcionan, aunque sea con el uso de aparatos ortopédicos.

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La prevención de la polio


Sin duda, la mejor manera de prevenir la polio, y sus devastadores efectos, es mediante el uso de una vacuna. Para luchar contra esta enfermedad, existen dos tipos de vacunas: la inyectada (elaborada a partir de virus de polio completamente inactivados), y la oral, que se hace a partir de virus de polio debilitados.

En el fondo, ambas vacunas usan dos caminos para llegar a un mismo punto: generar anticuerpos para que los niños que se vean afectados por el virus de la polio tengan las armas necesarias para afrontarla.

La prevención de la enfermedad de la polio es esencial, ya sea para evitar sus consecuencias más directas, como para rehuir en lo posible el síndrome post-polio que afecta a muchos adultos actualmente.